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"Buscando a Vanka", por Bautista Ramayón

  Han pasado ya varios meses desde que Vanka no está en esta casa. Su abuelo lo mandó a Moscú a la casa del zapatero Alojín para aprender el oficio. Los padres de Vanka trabajaban en mi casa, y luego de que fallecieran quedó a cargo de su abuelo. No he sabido nada de él ,ni he tenido noticias, cada vez que le pregunto a su abuelo me dice que no sabe nada. Falta poco para Navidad y me vienen lindos recuerdos de Vanka ayudándome a armar y decorar el árbol, corriendo por toda la casa y mostrando siempre su alegría. Se ve que su abuelo también lo extraña porque justo ayer me pregunto: -Señora Olga Ignatievna, no he recibido ninguna carta desde que se fue para la cuidad, y estoy preocupado. En unos días mi esposo tiene que ir a la ciudad, lo voy a acompañar y buscaré a Vanka para ver si lo están tratando bien, si está contento, y le llevaré noticias a su abuelo. *** Estoy muy alegre porque mañana es el día que vamos a buscar a Vanka; no puedo esperar v...

"Olga Ignatievna", por Andrés Quezada

  Olga siempre estaba en la casa, parecía una mujer triste aunque no siempre lo era. Cuando Vanka iba con sus padres a trabajar ella lo miraba. Vanka no se animaba a hablarle porque le daba vergüenza. Un día Olga le preguntó si sabía leer y Vanka le contestó que no. A partir de allí, todos los días le enseñaba algo de lectura y también a respetar a las personas. Ella lo trataba con mucho cariño. A Vanka le gustaba mucho cortar flores del campo y llevárselas a Olga porque le recordaba a su madre. Una vez, Olga estaba jugando con Vanka y sin querer lo tiró al suelo. Fue tan grande el susto que Olga decidió llevarlo al médico en un caballo que era el único transporte que tenía en la casa. Vanka se había quebrado un brazo y cuando regresaron a la casa, Olga le dio un rico dulce para agradarle pero Vanka estaba tan enojado que tiró todo al suelo. El zapatero escuchó que Vanka le estaba hablando mal y lo mandó a su cuarto. Al otro día Vanka estaba más enojado aún y decidió marchar...

"Un día en mi vida", por Ignacio Luchinetti

  Hola, me llamo Alojín, soy un zapatero y vivo en Rusia. Ahora estoy sentado, tranquilo, desayunando en mi casa ya que desperté hace diez minutos. Hoy me espera un día con mucho trabajo en compañía de Vanka, quien es un niño muy peculiar. Después de desayunar fui a ver cómo estaba. Como era de esperar Vanka ya estaba despierto aguardando mi llegada. Nos saludamos y empezamos a fabricar los primeros zapatos. Después de unas pocas horas de estar trabajando a Vanka se le rompió una de las herramientas más importantes de la zapatería. Todavía nos faltaban varios zapatos para terminar y no contar con un instrumento esencial para poder hacerlos, resultaba terrible. En ese mismo momento nos pusimos a pensar qué podíamos hacer, si intentar arreglarlo nosotros, buscar a alguien para que lo arregle o comprar uno nuevo. La primera opción era la que más nos convenía ya que la segunda era medio complicada (era un objeto muy raro) y la tercera no estaba dentro de mis posibilidades económi...

"Mayor arrepentimiento", por Matilde Larcade

  Hola a la persona que llegue a leer esto, esta carta no tiene destinatario ya que no sabría a quien enviársela, pero si has sido el afortunado de encontrarla déjame desahogarme contigo. He de confesar que tengo este resentimiento hacia mí misma que me carcome y entristece cada vez que los recuerdos regresan a mi mente y ya ni siquiera puedo dormir en paz. ¡Que despistada soy! Olvidé presentarme: hola, ¿qué tal? Mi nombre es Olga Ignatievna y soy… O bueno, era una criada. Solía trabajar para los señores de la casa quienes tenían un pequeño niño de tan solo ocho años. Vanka, aquel rubiecito de ojos soñadores que no podía mantenerse quieto, honestamente se había vuelto mi mayor debilidad. Nunca pude tener hijos ya que nunca lo había deseado, pero al ver al pequeño hijo de los señores para los que trabajaba, sentí la necesidad de protegerlo como si fuera mío. Amaba con locura sus ocurrencias o que me contara de las fantásticas aventuras que tendría de mayor, mientras yo le...

"La vida de Alojín", por Juan González

  Recién me despierto y voy a cambiarme de ropa: son las 5:45 de la mañana. Fui al trabajo y Vanka aún estaba durmiendo. -Vanka, Vanka, levántate ya, que tenemos clientes esperando. Vanka me respondió que ya venía así que lo traje medio a las patadas porque estaba demorando mucho. Cuando bajamos los clientes ya se habían ido, entonces me enojé muchísimo y lo puse a arreglar los zapatos de Olga que ella nos había entregado ayer. Yo lo trato de esta forma porque mi infancia fue bastante dura. Cuando tenia ocho años mi padre murió y tuve muchos problemas porque mis hermanos eran menores de edad pero todos mayores que yo y tenían que trabajar. Un día no pudieron más con la carga y se marcharon dejándonos solos a mi madre y a mí en la casa. Desde ese día tenía todo el peso sobre mis hombros y mi madre, encima, me trataba mal, a partir de lo cual empecé a dudar si seguir viviendo o no. Pero un día encontré la salvación de mi vida: una señora mayor llamada Trini. Era una mod...

"Otra vez en casa", por Kiara Marachlián

  Constantino Makarich, era un viejito de sesenta y cinco años, sólo, quien había estado pensando demasiado las cosas por mucho tiempo. Él era abuelo, pero no estaba con su nieto Vanka. Él había sido enviado a Moscú a vivir en una zapatería para aprender el oficio ya hacía tres meses, pero había pasado más de ese tiempo desde que Constantino lo abrazó por última vez, él no lo veía hacía casi un año. Antes de ir a lo del zapatero, Vanka vivía en otra casa, en otro lugar separado de su abuelo. Se le habían muerto los padres y su abuelo era muy viejo para tomar la responsabilidad de criar a un niño. Entonces Vanka fue enviado a un orfanato, en el que se quedó por un largo tiempo pero cuando habían pasado ya seis meses y nadie lo había adoptado, lo asignaron a una casa de trabajo en la que podía ser de ayuda. Desde que lo mandaron al orfanato, Constantino no sabía nada de su nieto, ni dónde estaba, cómo se sentía, o qué le estaba pasando. Él no tenía forma de contactarlo, solo sabía...

"Constantino Makarich y su búsqueda", por Juan Martín Ifrán

  Soy un hombre tranquilo, siempre risueño y con ojos de bebedor. Un viejecito enjuto y vivo, tengo sesenta y cinco años y soy empleado a la sazón como guardia nocturno en la casa de los señores Chivarev, por la noche siempre ando envuelto en una amplia pelliza. Durante el día duermo en la cocina o bromeo con los cocineros, y por la noche paseo en torno a la finca, y golpeo de vez en cuando con un bastón en una pequeña plancha cuadrada, para dar fe de que no estoy durmiendo y atemorizar a los ladrones. Mientras yo patrullo me traigo a mis perros Canelo y Serpiente. La mayor parte del día me paso pensando en cómo y dónde podría estar mi pequeño nieto. Pero lo que yo nunca entendí fue por qué cuando murieron sus padres, no me trajeron a mi nieto en vez de llevarlo a una zapatería. A fin de cuentas ya he intentado de todo, contactar a la policía, mandar cartas, etc. Lo único que falta es que mi nieto me envíe una carta, aunque eso sería casi imposible, porque no sabe donde vivo. ...